Como Javi y yo somos un poco desordenados, empezamos a sacar el material del coche y entre tanto “ponte bien y estáte quieto” acabamos escalando la cresta de Salenques, de marcado carácter estival, en pleno invierno. La nieve más fresca, ésa por la que sueñan todos los esquiadores, puro azúcar, estaría a nuestra entera disposición a lo largo de todo el filo para endulzar nuestra andadura, que perfectamente habría podido ser, dado que eran los Santos Inocentes, una de las bromas del año. Me encuentro con mi hermano en el refugio Pepe Garcés de Candanchú. Javi me llama. Me dice que dan buen tiempo para hacer la cresta y acaba por convencerme. Al día siguiente, tras dejar a mi hermano buscando su karma, me dedico a violentar el mío surcando el pirineo por esa plataforma teletransportadora que es la nueva carretera que conforma el Eje Pirenaico. En menos que canta un gallo veo a Javi recibirme en los alrededores de Benasque y guiar mi torpe conducción hasta el garaje de la casa de su chica. Mis propósitos son claros. “Compra lo que quieras, llévame a donde quieras, pero no me muevo de aquí sin tomarme unos huevos fritos con chorizo”. Javi accede a mi petición, y tras alquilar unos esquís de travesía, comprar comida, preparar mochilas, comernos los huevos y llegar a los Llanos del Hospital, empieza nuestro baile sobrela alfombra blanca. Deberemos ir a tomar clases. Pues no es normal que a estas alturas de la película estuviéramos los dos con ampollas a la altura de la Besurta.

Sigue nuestro recorrido. Aigualluts y más allá. Las últimas luces del día para adentrarnos de lleno en el valle de Barrancs. Me dispongo a efectuar la primera vuelta María seria del día y conforme doy la patada, veo salir despedido mi esquí de la bota. Menos mal que tuve la delicadeza de llevar al tendero mis propias botas para que me ajustara las fijaciones a medida. Todo un profesional. Así pues, entre lanzamientos de esquís y hundimientos en la noche, cruzamos el Ibón y plantamos nuestra tienda de campaña, oasis portátil de gran fiabilidad. Seis de la mañana. Alzamos la vista. La cresta ni siquiera se intuye tapada por las nubes que la acarician. Nuestra decisión es desistir. Diez de la mañana. Desayunamos. La arista deja ver todo su dentado recorrido hasta el pico Margalida y mucho más allá.

Como llevamos la casa encima, otra broma. Comenzaremos la actividad a medio día. Hasta las dos de la tarde no nos encontramos en plena faena. Barrancs a un lado, al otro Salenques, y allá a nuestro frente el Margalida. La nieve profunda no mella nuestro empeño. El calor del mediodía nos impele en una única dirección, que, dicho sea de paso, en invierno es difícil encontrar. Así llegamos a los “largos difíciles” de la cresta, que rondan el IV y el V grado. Tras dejar atrás el primero de ellos nos encontramos sobre una fenomenal repisa para plantar la tienda. Justo cuando la luz remite y los gendarmes posteriores nos detienen amenazantes. Así, entre gendarme y gendarme, sin saco pero cómodos, disfrutamos de la noche en esta nuestra genuina suit de lujo.

Al día siguiente cuesta arrancar. Las manos no se sienten. Poco a poco nos deshacemos de los largos complejos. Mas qué paradoja. La complejidad no ha hecho sino comenzar. Todas las trepadas estan tapizadas por una fina capa de nieve que convierte nuestra conquista del Margalida en un canto a la precariedad. Cada paso era más o menos comprometido. Incertidumbre por ellos y por el itinerario. Ninguna canal parecía llevarnos a buen puerto. Así hasta que Javi sacó de su repertorio un magnífico despliegue de templanza y buen hacer para poder recordarlo todo con cariñoy depositó a la cordada suavemente en lo más alto. Así, desde la cima del Margalida, iniciamos nuestra andadura hacia el pico Tempestades. Las dificultades decrecen casi por completo, pero el tiempo empeora. La noche acecha y reflexionamos. Si nieva más todo será aún más peligroso.

Hemos salido airosos de una situación comprometida. Los largos duros han caído de nuestro lado. Podemos volver satisfechos. Con la mente centrifugando todo esto y algún “lo que pudo haber sido y no fue” iniciamos un maratoniano descenso, que por las condiciones de la pista no cesa hasta el final de la misma. Allí llegamos junto a Jorge, que ha acudido a acompañarnos durante el descenso, y nos esperan amigos y novia de Javi. 

Para el día siguiente el menú no estará mal. Recuperar los esquís y algo de material que dejamos en el Ibón de Barrancs. Todo es entreno, dicen por ahí. Otra clásica estival reconvertida a invernal con final feliz. Un saludo montañeros.