La Virgen dispondrá de todos los mantos que precise. No ocurre lo mismo con nuestro amado Pirineo. Este níveo tejido, cada día, cada año, cada largo más codiciado por todo aquél que se deje caer por la cordillera durante el ya no tan duro ni tan largo invierno, era lo suficientemente espeso como para brindarnos una breve y agradable jornada alpinística.

Peña Telera es una montaña con mayúsculas. Toda la Sierra de la Partacúa, elevada en latitudes sorprendentemente precoces, nos ofrecen una brusca impresión;bien sea ya desde la lejanía, avistada desde cómodos miradores dando muestras de la magnitud de su mole caliza, o, como ya no tantos tienen privilegio, desde sus más salvajes entrañas. Sus enormes farallones de roca caliza marcan las cicatrices que son sus corredores. Sólo allí dentro, en la soledad, la penumbra, el vacío o el frío, se advierte la hostilidad de esta montaña. Las caídas de piedras son frecuentes, y sólo se puede salir por arriba o por abajo.

Pocas veces estoy tan seguro de haber dado con el epíteto perfecto, pero si un corredor de Telera es algo, ese algo es lúgubre.

Lo sé. Hacía tiempo que no escribía y el gusanillo de la pluma ya me hacía demasiadas cosquillas.
El corredor María José Aller (como es corredor yo le llamo José María, ahora que Javi no puede corregirme) tiene unos 600 metros de desnivel. Su dificultad está cotada en Dsup y posee largos de grado IV ò V en roca y resaltes de hasta 80º en hielo. Las condiciones en las que nosotros encontramos los resaltes fueron bastante precarias, o mejor dicho, secas, por lo que tuvimos que acometerlos prácticamente en roca.

Tras saludar a Jorge y su chica, provenientes de la Gran Diagonal, disfrutamos de una plácida noche dentro del templo del calor que es un saco de plumas. La temperatura no es baja, pero siempre da algo de pereza levantarse a eso de las 5 de la madrugada.

Un buen desayuno y a correr. Dos horas y ya estamos en el corredor. Hemos ido tan deprisa que hay que esperar a que Lorenzo nos dé el pistoletazo de salida. Aprovechamos para soltar lastre y ultimar preparativos del material.

Comienza el espectáculo. Un primer resalte a 60º sin dificultad para calentar. Acto seguido, Javi acomete el segundo problema.

El primer resalte de las reseñas tiene un aspecto extraño. Se ha formado una columna informe de hielo que, después de remirar unas cuantas veces, podríamos decir que hasta desploma. Por la derecha me parece más fácil, pero Javi está crecido. “Envenenado con el monte”,dice él, por lo que la acomete. Tendrá unos seis metros de altura, y de su cúspide no dejan de caer purgas que lo hacen mucho más interesante. Mientras a mí, para seguir con el festival, me cae una piedra en el codo que impacta con relativa violencia. Hoy no me podré rascar con el brazo izquierdo.

Los metros van quedando atrás. Sentimos que viajamos por el esófago de un titán. Haremos que nos vomite raspando sus pétreas paredes.

Nos encontramos en la base del segundo resalte. Me ha tocado. No tiene hielo. Y donde lo tiene no hace sino molestar. Sudo un rato, pero salgo airoso y decidido. Cuando Javi llega a la reunión sobre los dos clavos que he montado me felicita por el largo y me echa la bronca por la renunión.

Ya queda menos.

Un largo entretenido preludio de un último, que más aparente que difícil nos postra ante la temida cornisa, casi inexistente.Son los labios de nuestro titán, que ya no aguanta más a estas dos inmundicias y las escupe al mundo exterior. En este mundo hay sol, calor, el aire sopla sin silbar y todo parece tener otro color. Ese tinte lúgubre se difumina entre las risas de satisfacción de nuestros pequeños protagonistas.

Ya sólo queda rapelar, por el Corredor de la Y. Y una larga, y también para mí lenta bajada hasta el aparcamiento de la Cuniacha.

Balance positivo. Buenas sensaciones y ganas de repetir. Javi sigue envenenado. ¿Encontraremos el antídoto?

Un saludo montañeros.