Hacía tiempo ya que había prometido a Sofía una excursión a los Pirineos. Decidí un lugar nuevo y un pico sencillo. Ahora que el coche me aporta mayor flexibilidad podía permitirme el lujo de pasearme por la vertiente francesa y recorrer, pese a hacerlo motorizado, los puertos más emblemáticos del Tour de Francia a su paso por la cordillera del sur.

Aubisque, Tourmalet, Aspin. Cada curva deparaba una nueva visión de esplendor en una tarde hermosa, con un sol radiante, que calentaba sin quemar, que iluminaba sin cegar. Plácidamente posóse el Nissan junto a la presa de Ossue, y bajo estrellas, truenos, mugidos y el sedante ronroneo de arroyos dejamos descansar nuestros cuerpos a expensas de la jornada siguiente.

El buen tiempo continuaba. Así podíamos apreciar los vivos colores de los lirios y la hierba. Las descaradas marmotas, los sarrios y las aves. Todos al son de las cascadas hectométricas que llegan a postrarse al montañero.

El sendero nos presenta el refugio de Baysellance. Hermoso y solitario, con vistas a nuestro pico, supone una corta que precede al ataque final.

Las fuerzas todavía acompañaban. Convenzo a Sofía para dormir en la cima, y tras algun parón de indecisión nos plantamos en la cumbre.

Allí el panorama es engañoso. Nubes que van y vienen. Decidimos plantar el campamento junto al refugio. Es una salida para disfrutar.

El resto, plácido descenso con el premio de una comida junto al muro de Gavarnie. Largo viaje de vuelta. Parada en Bielsa y un tresmil más al zurrón. El primero de Sofía.
Un saludo montañeros.