Llegó el momento. Mi Nissan Qashqai blanco había sido concebido para ello. Un viaje de 900 kilómetros entre Zaragoza y Chamonix. Iba a ser el primer contacto de José Ramón con las montañas reinas de Europa. Previamente visitaríamos a Dani en su guarida Aranesa. Muchos eran los objetivos. No tantos los resultados.

La primera jornada transcurrió entre Zaragoza y Vielha. Allí Dani, perfectamente asentado en la empresa de su padre, nos descubrió un poco más este bonito valle norpirenaico.

El viaje es largo, pero la incertidumbre y la buena compañía, sumadas a nuestra inexperiencia al volante, nos permitió disfrutar de una jornada amena. Con el caer del sol besábamos la lengua del glaciar de Bossons.

José conoce Gaillands y vamos gestando las ascensiones. Pondremos rumbo a Suiza. Allí, para comenzar tenemos la pareja Bishorn-Weishorn. Al menos uno de los dos podría ser nuestro primer objetivo.

Así pues, rumbo a Zinal. Lo cierto es que los pueblos suizos están cortados todos por el mismo patrón. Profundos y hermosos valles plagados de casas de muñecas, marcados por la vía del ferrocarril y rubricados con blancos horizontes. Así era Zinal, como podía haber sido Randa o cualquier otro municipio de la zona.

Una vez allí, no se nos ocurrió mejor cosa que hacer la aproximación. ¿Por qué perder el tiempo cuando todo lo necesario estaba allí?

1500 metros de desnivel no están mal para calentar. Tras ellos, entre niebla, viento y nieve, la cabaña de Tracuit nos cortaba la perfecta línea de la cresta que une los dos hermanos. Entramos en el refugio para guarecernos de la cellisca que ahora nos recibe. Allí, embriagados por el calor y la satisfacción, meditamos el día siguiente y nos avituallamos.

Acto seguido montamos nuestra tienda super ligera a los pies del negro hielo vivo del glaciar de Trutmann. Buena cena y enormes vistas las que nos brinda las nubes que se apartan. Cervino, Dent d’Herens, Dent Blanche, Obel Gaberhorn y más. José ya sabe lo que es un horizonte alpino. Mañana le espera su primer cuatromil.

El equipo al completo para iniciar la marcha. Primero sobre hielo vivo. Después nieve, y más nieve. En el suelo y en el viento sólo nieve. Frío y largas eses. Los dos hermanos llegan al collado final. Tan sólo una ligera trepada en nieve dura nos separa de la cima. Allí dejamos los bastones y entran a jugar los piolets. Y ya. Ya puedes sacar la “ele” José.

Pero date prisa porque hacen un frío y un viento atroces.

Tanto que un hombre que hemos adelantado en el ascenso decide no atacar la cima. En el descenso recuperamos temperatura y José va familiarizándose con los crampones.

Para la bajada, buen tiempo desde el refugio y un pequeño infierno para José Ramón, cuyas botas nuevas son demasiado pequeñas y martirizan su bajada, que es muy muy larga.

Ya de vuelta a Chamonix viviríamos el episodio más arriesgado de la cita. Miguel se duerme al volante y la bala blanca besa el quitamiedos. Todo quedó en un susto. Para todo hay que tener suerte. Un saludo montañeros.