Era fin de semana y tenía que ponerme en forma para los Alpes como fuera. Todo preparado para subir solo a Ordesa en busca de tresmiles sencillos aún sin hollar por mí. En el último instante mi padre dice que me acompaña, ya de una vez por todas. Sería un plácido fin de semana con alguna que otra novedad.

Ya con el Qashqai dominado llegamos a Torla. Allí nos dan la primera gran noticia. Hemos perdido el último autobús y deberemos hacer la carretera hasta la pradera andando.

Llegamos de noche, por lo cual decidimos descansar y mañana será otro día. Hasta en la oscuridad es hermoso este paraje sin igual.

Llenos de energía, acometemos el archiconocido camino hacia la cola de caballo. El día es imponente, y los rayos de sol que se filtran entre las brillantes hojas de las hayas nos dan fuerzas y ánimo ante la jornada que se viene encima.
Llegamos a las Gradas, las fajas y por fin la Cola de Caballo. Descanso. Mi padre no deja de admirar ese paraje que no puede dejarse de ver antes de morir.

Subimos por las clavijas que es más divertido. La vista del valle desde arriba es sencillamente espectacular. Perfecto valle en U que nos depara la piedra caliza. Mandaremos una foto para los libros de Ciencias Naturales en su capítulo de Geología. Continuamos y llegamos a Góriz. Allí nos tomamos unos merecidos refrescos, y como el cuerpo aguanta, continuamos la marcha. Ademas el tiempo es tan apacible que no se puede hacer sino disfrutar.

Llegamos a esos fantásticos prados de altura que preceden a la zona de la Brecha. Tan bucólico lugar nos parece perfecto para comer y darnos una pequña cabezada. El sol nos arropa y el viento nos acaricia. El parque vela por nosotros y la sensación que esto nos produce es impagable.

Al reanudar la marcha nos adentramos en ese paraje lunar que queda en verano sobrepasando los 2500 metros. Ya avistamos la brecha. El cansancio aparece pero no nos impide, tras cruzar el paso de los Sarrios, saborear el la brisa francesa que se cuela por la Brecha de Rolando. Allí, satisfechos, en un estupendo recoveco, montamos tienda, nos avituallamos y descansamos un momento.

Aún es pronto y pienso que he de continuar mi puesta a punto. Me pertrecho con lo justyo y me dirijo al Taillón. Casi corriendo llego a la cima. Estupenda visión. Pero quiero más. Decido adentrarme en el mundo de la soledad que me van a proporcionar los Gabietos.

Así, dejo la prominente cima del gigante para dar paso a una parda cresta, de la que no sé muy bien cuales son las cimas principales.

Una vez en ella, avanzo y avanzo hasta llegar a puntos que me confunden. Me hacen dar pasos algo más exigentes de lo normal. La sensación de vacío y soledad aumenta.
Es agradable e inquietante a un tiempo. Sólo los sarrios pueden atestiguar desde la lejanía el extraño camino que he tomado. Así pues, tras alguna que otra duda, corono ambas cimas y desciendo en busca de la Brecha.

El cansancio hace mella y me cuesta un mundo pasar dos collados, coger agua en un ibón y llegar definitivamente a la tienda.

Allí está mi padre esperando. Haremos una buena cena y mañana se verá.

Al día siguiente, recogemos todo y vamos en busca del Taillón, mi padre por vez primera y yo para recordar lo de ayer.

Somos los primeros del día en coronar.

Las vistas son preciosas en todo el panorama.

Especialmente del circo de Gavarnie y las moles de las Tres Sorores.

A la bajada, nos cruzamos con la romería correspondiente, y pasada la brecha, con los vestigios glaciares en forma de nevero. Algún que otro resbalón y ya estamos en el refugio de Serradets. El circo de Gavarnie y su gran cascada nos saludan más de cerca. Impresionante. Bajamos. Cruzamos el torrente y llegamos al puerto de Bujaruelo. Hermosos prados sembrados de lirios y otras flores.

Las marmotas saludan con sus silbidos desde las laderas. Llegamos al camping, y aunque apetece un baño, emprendemos la marcha hacia el pueblo.

La suerte hace que nos evite la pista una agradable pareja. Y ya en el pueblo, vuelta y descanso.

Ordesa siempre es algo especial.
Un saludo montañeros.