Y llegó el día de los estrenos. En mi caso como primero de cordada durante toda una ascensión, y en el de José Ramón como toma de contacto con el estimulante mundo de la escalada clásica. Todo esto ocurriría un día cualquiera de septiembre sobre la excelente roca del Aspe (2640m).

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Tras varios intentos de coordinación conseguí arrebatar a mi hermano de las garras de hierro y asfalto que tan urbanizado le tenían. Así, tras preparar mochilas gemelas y dándonos un buen madrugón pusimos rumbo a la estación de las Delicias. Ya sabéis que no tengo mucha relación con el mundo del automóvil. Allí esperaba el “Canfranero”. Sencillo, humilde, repleto y con un recorrido embriagador. Especialmente tras su paso por Riglos. Hermoso pero lento. Tras cuatro horas y media de viaje emprendimos la marcha desde Canfranc Estación a Canfranc Pueblo. De allí parte el tramo de GR-11 que nos guiaría con más o menos acierto hacia los refugios que utilizaríamos las dos noches siguientes. Solitaria y amena caminata, entre pinos, sarrios, vacas, arroyos, montañas, praderas y mucho sol. Las fuentes eran benditos regalos y jalonaron nuestro paso hasta el refugio militar López Huici. A pesar de su tentador aspecto no era nuestra fonda ese día. Debíamos descender por el Collado de Rigüelo o de la Magdalena hasta el refugio de Rigüelo (al fondo la Arista de los Murciélagos). No tan grande, ni tan lujoso, pero igualmente válido. Sobre todo sus fisuras, que me sirvieron para impartir una clase práctica de rápeles, aseguramientos, etc. Tras ello y una buena cena, merced al chef en el que se va convirtiendo Jose Ramón, contamos ovejas literalmente hasta caer dormidos. La noche es un tanto inqueta. El día siguiente nos esperan sensaciones nuevas a ambos y es algo que no terminamos de apartar de nuestra mente. El día siguiente amanecimos pronto. Los frontales permitían que operásemos sin excesivos problemas, y ya con una mochila rebajada en peso y volumen nos dirigimos a la garganta de Aísa, en cuyo fin comienza nuestra arista. La aproximación es larga y tediosa, pero todo llega, y las vistas ya son magníficas en el collado.
(Midi d’Osau al fondo) Cuando ya estoy a punto de comenzar a escalar, veo alguien que se acerca. Y es alguien conocido. Javier, acompañado de Carlos,
han venido con el mismo propósito, sólo que desde la vertiente Norte. Así pues, con nuestra cordada en cabeza, comenzamos los cuatro la Arista de los Murciélagos. Aunque sencilla (el grado en su mayoría es III), resulta a veces poco evidente,(no siempre) lo cual me hace perder tiempo interpretando la reseña. Así, calmadamente, con una respuesta sorprendentemente fluida por parte de nosotros, cordada debutante, avanzamos de reunión en reunión sin problemas hasta donde despedimos la vía clásica. Se trata de continuar el último resalte por el filo de la arista en lugar de bordearlo. La reseña lo cataloga como V-. Me pongo a ello, y tras sudar un poco consigo abrir el paso y con ello las dos cordadas continuamos sobre la misma arista con precisión. Superado este paso, ya sólo pasos “disfrutones” y una bonita cresta cimera. En la cima una pareja, mar de nubes y restos de sarrios. Habíamos completado nuestra primera escalada como compañeros de cordada exitosamente. La alegría era grande y el marco acorde a las circunstancias. Quedaba lo más tedioso. El descenso,por senderos, visibles e invisibles, enormes farallones e incómodas pedreras nos deja en el refugio de nuevo. Allí, jaleados por incesantes balidos reponemos energías, y antes de que la tentación llame a nuestra puerta preparamos las mochilas y ponemos rumbo al refugio López Huici. El y la fuente que lo custodia serán nuestro premio. Hay poco tiempo. El sendero es incierto y la noche acecha. Tras un último esfuerzo José Ramón canta victoria. Momentos relajantes bajo las estrellas amenizados por la sendante música del agua. Gran cena y una mejor sorpresa: en noviembre de 2003 había estado ya en este refugio, y allí quedaban la baraja de cartas que dejamos Diego, Camilo y yo, junto a nuestra letra en el segundo tomo del libro del refugio. Desde aquí un sincero saludo para los dos, buenos compañeros de fatigas. Fue una sensación extraña y muy reconfortante. Una gran noche que duró hasta que ya no había sueño en nuestros cuerpos. Quedaba una bajada entretenida y un tramo no tanto de carretera. Pero allí, precisamente junto a la parada de autobús de Canfranc Estación, nos dimos un homenaje en forma de estupenda comida. El resto. Viaje relajado con una tremenda satisfacción. Algría fraternal. Un saludo montañeros.