LLevábamos todo un año esperando y preparando este momento. Las actividades que habíamos realizado iban encaminadas a una buena preparación para afrontar las montañas de los Alpes con garantías. Nuestra motivación era máxima y así lo íbamos a poner de manifiesto. Habíamos venido a subir montañas.

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Un equipo de finalmente cinco personas hizo los preparativos previos. Comprar comida y distribuir los bultos para el viaje. Dani, Quique, Alex, Jorge y un servidor ya estaban de camino a Chamonix, donde esperaba Chema ya perfectamente aclimatado, surcaban las carreteras francesas a una velocidad no demasiado alta debido a la “Operación Salida”. Los bólidos rojo y negro, como si de un patriótico cachirulo se trataran, solo se detenían cuando era estrictamente necesario. Y así, poco a poco, incluso conmigo de conductor, y por supuesto con Dani de eterno durmiente, pudieron al fin contemplar el Glaciar de Bossons, que prácticamente acaricia lo más profundo de este valle en el que se encuentra Chamonix, cuna europea del Alpinismo.
Ya con Chema,los seis dormimos bajo la lluvia y fuimos despertados por un no muy simpático guía francés. El tiempo era nuestro mayor temor, y de momento no prometía ser benévolo con nosotros. Tras una mañana de reflexión, el grupo se escinde. Chema y Jorge deciden poner rumbo a Zermatt para asaltar el Monte Cervino. Alex, Quique, Dani y yo decidimos aventurarnos por tierras Italianas. Exactamente hasta Alagna, paraíso del “freeride”, gracias al cual dispondríamos de buenos accesos a las zonas interesantes.
Así pues, tras una plácida noche bajo el alero de una cabaña de madera, recompusimos nuestro material y fijamos nuestro objetivo más allá de los teleféricos que partían de este pueblecito encantador.
El “Paso di Salati”, a unos 2900 m de altura era el punto de partida a pie. Allí hacía mal tiempo. Poca gente, tan sólo una pareja y sus dos escandalósamente jóvenes hijas se aventuraban con nosotros aquel día, en el que debíamos llegar hasta el refugio Gnifetti (3647m). El paso de 1000 a 2900 metros en telecabina habia supuesto para nosotros un primer aviso en cuanto a los efectos de la altura, pero no revestía demasiada importancia. Una pequeña ventana meteorológica nos permitió comenzar la marcha. Y así, entre cuerdas fijas, con una potente mochila, muchas ganas y pasos disfrutones llegamos primero a punta Indren (3200m), hasta donde antaño llegaba el teleférico, y finalmente al refugio. Un lugar espléndido. Todo madera, buenas vistas, un lugar para cocinar y muchos para montar nuestra tienda. La altura nos estaba afectando. Hicimos té hasta la exasperación. Montamos la tienda en la orilla del glaciar junto al refugio y la protegimos de los fuertes vientos con tornillos de hielo. La noche fue ventosa por fuera y calurosa y apretada por dentro. Nada importante teniendo en cuenta que a la mañana siguiente el horizonte se presentaba diáfano en todo lo que la vista alcanzaba a la redonda. Recogemos, desayunamos, nos ataviamos y ponemos rumbo a lo que será nuestro primer cuatromil y nuestro dormitorio a un tiempo: El Balmenhorn (4167m) es un pico de escasa dificultad que alberga una cabaña y una estatua, a los que se accede mediante una vía ferrata. Una vez allí, tras nuestra adaptación como grupo al ensamble, y como individuos a los crampones automáticos, dejamos todo aquello que no vamos a necesitar hasta la noche, y por desgracia, dejamos también a Quique, al que no le acompañan demasiado las fuerzas. Por tanto, Alex, Dani y yo ponemos rumbo a Punta Gnifetti, donde se ubica un refugio de pago, el más alto de los Alpes, a 4554 metros sobre el nivel del mar. Las fuerzas nos acompañan. El ritmo es bueno, y el paisaje espectacular. Todo es enorme; la nieve está recién caída; los “seracs” impresionantes. Por delante, Corno Nero (4322m), Ludwigshöhe (4341m), Punta Parrot (4432m),
Punta Gnifetti (4554m) (al fondo en la imagen) y Punta Zumstein (4563m). La mochila es liviana, el tiempo inmejorable, y así vamos coronando todos. Todos tienen algo. La pala del Corno Nero, La arista de los Parrot y Ludwigshöhe, la combinación de mixto y aérea arista de nieve de la punta Zumstein y la dura y venteada pala a nuetra última cima del día: la Punta Gnifetti.
Allí decidimos tomarnos un descanso. Hay que celebrar una jornada con seis cuatromiles en el bolsillo de alguna manera. La altura nos afecta a todos. Mucho desnivel en un día. Las caras de la gente de alrededor no son mejores. Comemos y bebemos. Las vistas son sencillamente brutales. Qué gran expresión de naturaleza salvaje. Es imposible no ser feliz en esos momentos (a no ser que la altura juegue una mala pasada). Tras comentar con el guarda del refugio posibles proyectos
(los Liskamm tendrán que aguardar),bajamos rápidamente. Primero con muchísimo viento y después ya con un sol agradable. Vertiginoso descenso, entre espectaculares seracs y collados inmensos. Quique ha hecho amigos y ha marcado el territorio. Tenemos nuestro sitio asegurado para pasar la noche en la cabaña del Balmenhorn. Allí hay paisanos: vascos, alicantinos…un poco de todo. Buenos conversadores. La altura todavía hace un poco de mella en el grupo. La noche, que prometía ser placentera, se tornó en un pequeño gran infierno debido a la saturación de la cabaña. 18 personas donde caben 8 producen un sobrecalentamiento que casi nos cuesta una desidratación. Ni siquiera con las ventanas abiertas podíamos conciliar el sueño. De todos modos al día sigiuente continuaba la aventura. La Pirámide Vincent y sus 4215 metros estaban a nuestro alcance.
Energías renovadas y de nuevo los cuatro coronando un cuatromil. Ya de allí hasta el teleférico coser y cantar. Disfrute y satisfacción del trabajo bien hecho. Todo había salido a la perfección. Teleférico y comida de celebración. Nuestro próximo destino sería Zermatt, y su vertiente suiza de esta misma zona. Un saludo montañeros.