La llamada de la naturaleza. Así podría describirse el móvil de esta aventura surgida de la nada. Todavía no sabía que iba a hacer exactamente, pero tenía que irme. Un golpe de chistera y ya me encontraba en el autobús camino de Sabiñánigo. La suerte estaba echada, y yo por fin podía sentir esa libre sensación de soledad.

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Leche y donuts junto a la estación, y a comprar. Longaniza en lugar de fuet. El resto, lo de casi siempre: fruta, pan, ensaladas, chocolate, embutido y algún homenaje para desayunar(en este caso galletas “Oreo”). Poco a poco se iban agotando los ochenta litros de mi vieja Alpamayo.
Espero relajado el autobús. Nada me turba, y cuando quiero darme cuenta estoy en la pradera de Ordesa. Ya siento ese profundo y salvaje olor de sus bosques. Ya disfruto de esas interminables vistas, más allá de cañones, circos, cascadas y majestuosos picos. Estoy ante la joya de la corona de los pirineos, tallada en viva roca caliza.
Un par de paseantes me preguntan acerca del Parque. Les respondo lo que sé y pongo velocidad de crucero. Un descanso en la Cola de Caballo y a por las Clavijas de Soaso, que siempre son mas entretenidas que el simple y lineal camino que las bordea.
Refugio u hotel. Ya no sé que es Góriz en verano. No hay plazas. Al menos me aconsejan bien acerca de cómo subir al Pico Añisclo con el mínimo peso, es decir, sin crampones ni piolets. Lo Atacaré por la Punta de las Olas. Me sugieren unas cuevas en las cercanías del refugio para pasar la noche. Las exploro y me quedo en una. Será mi suit de lujo por un día. Descanso, reflexiono, leo, cocino y duermo. La noche deja unas gotas. Yo duermo plácidamente bajo la roca. A la mañana siguiente, bien temprano me levanto dispuesto a cumplir mi cometido. Alcanzar la cumbre de la Soum de Ramond o Pico Añisclo. El día está muy nublado. El camino desierto. Todo ello lo hace un tanto inquietante. No quito ojo al mapa. Debo superar un collado y luego más tarde desviarme del camino principal. Todo es nuevo para mí, estoy solo, y el resfriado que acarreo no me deja explotar el cien por cien de mis fuerzas. Mantengo la calma y la concentracióny eso repercute en mi orientación. Es correcta y de bruces aparezco en la cima de la Punta de las Olas (3002).Es mi primer tresmil en solitario. Sólo ha exigido una fácil trepada, pero para mí es un orgullo y estoy contento. La niebla lo tapa absolutamente todo. Espero. Pienso. Me abrigo. Como. Nadie en mi camino. Soledad absoluta. Tan sólo la niebla me acompaña. Me planteo seriamente volver a Góriz. Al fin y al cabo he cumplido. Tengo mi primer tresmil en solitario. Pero cuando ya estaba a punto de hacerlo, comienza a esclarecer. Veo ante mí la inmensa mole marrón y gris de la Soum de Ramond.
¡Qué montaña! Espectacular. Me he enamorado. A por ti voy. La soror que me falta. Parece que ya no hay mucha niebla y el camino hasta la base es sencillo. Muchos hitos. Una sima muy profunda. Llego a un llano. Veo también los picos Rabadá y Navarro, también llamados Baudrimont. Cruzo dos neveros y busco por donde atacar mi pico. Veo que uno de ellos viene de una canal que parece asequible. Tras cavilar unos momentos me decido. Vaya decisión. Acabo de enfilar aquella que todas las reseñas condenan por su mala roca y excesiva inclinación. Yo aún no lo sé, y me encamino muy convencido. Al comienzo es fácil, pero poco a poco va tomando pendiente. La roca se torna mala, descompuesta y resbaladiza hasta convertirse en, digámoslo así, mi pequeño y particular infierno. Más de una vez recé a todos los dioses conocidos que la adherencia de las suelas de mis botas fuese suficiente para dar el siguiente paso; y una vez al menos no hiceron caso a esta petición. Sustos aparte, conseguí trepar hasta el final de la canal, que me dejó prácticamente en la cumbre. Había conseguido el objetivo. La Soum de Ramond, con sus 3254 metros, yacía bajo mis pies.
Mis sensaciones era extrañas. Había pasado momentos difíciles subiendo por la canal. Me había orientado en la niebla profunda. Estaba orgulloso de haber salido victorioso por mí mismo, aunque todavía me quedaba la incertidumbre de qué camino tomar de bajada. Primeramente descanso, repito el ritual de la Punta de las Olas, al que añado una llamada a Dani y un mensaje a mi madre. Miro el mapa. ¿Por dónde bajar? Es entonces cuando advierto que una mancha naranja asciende por el otro lado de la montaña. Y viene hacia mí. No estaba en la multitudinaria cima del Monte Perdido. Incluso me hace señas. Dicha mancha se llama Luis. Es militante del Club montañero Peñalara, hermanado con nuestro Montañeros de Aragón. Juntos, contrastando opiniones encontramos una ruta menos traumática por la que descender. Converso con Luis. Es amable y simpático. Va a subir el Cervino este mes de Agosto. Yo le guío hacia la punta de las Olas, pues el ha venido por la ruta de las escaleras. Dejamos las puntas Rabadá y Navarro para otra ocasión. El resto, coser y cantar. Marmotas, fotos y amena conversación.

Así hasta el refugio, en el que tras ordenar nuestras cosas, Luis en su tienda y yo en mi caverna, quedamos para tomar algo y despedirnos, no sin antes intercambiar datos personales. Hay que difundir el blog…Montañeras esbeltas y un refresco, vistas y total deleite al sol. Cargo con mi mochila y velocidad de crucero. Hasta otra Luis. Sin parar hasta la cabaña del Mirador de Calzilarruego, en la senda de los Cazadores. Vaya vistas, tanto en el camino como en el mirador. Y ahora a descansar. Momentos de solaz, de fusión con la naturaleza. Observo los animales, las montañas. Escucho los ríos. El tiempo se para. Esto no se paga. Los caminantes se van sucediendo. Algunos me preguntan por zonas del Parque. Yo amablemente les respondo. Vienen, se van. Pero llega un grupo de tres chicas y dos chicos que se quedan. ¿Matemáticas? No tanto,pero sí algunas palabras, intercambio de comida y de impresiones. La montaña nos hace a todos más sanos. Ya por la mañana, una vez cumplido el protocolo fotográfico, pongo fin a mi marcha descendiendo hasta la Pradera de Ordesa. Hayas magníficas. Mullida moqueta propician. Autobús para mí solo hasta Torla, donde compro prensa y refrescos. Descanso, leo y espero. Remiro las fotos pensando que no hay nada más grande que la naturaleza, y que a veces hay que estar solo para darse cuenta de qué es lo que vale, y lo que uno más quiere. Ordesa, todo magia a tu alrededor.
Un saludo montañeros.